No estás perdido, estás distraído.

No estás perdido.

Eso es lo fácil de decirte cuando las cosas no encajan.
Cuando no sabes qué hacer, cuando dudas, cuando sientes que vas sin rumbo.

Pero no es verdad.

No estás perdido.
Estás distraído.

Distraído con cosas que no importan.
Con ruido banal.
Con excusas bien maquilladas.

Te dices que estás buscando tu camino, pero en realidad estás evitando decidir.

Porque decidir implica renunciar.
Y renunciar duele.

Así que te mantienes ocupado.
Pensando. Analizando. Dándole vueltas.

Pero sin avanzar.

La mayoría de la gente no está perdida. Está cómoda en su zona de confort.
Está entretenida.

Entretenida con redes, con planes que no van a ningún lado, con conversaciones vacías.

Y así pasan los días.

Y luego los meses.

Y luego los años.

Y un día miras atrás y te das cuenta de que no era falta de claridad. Falta de fuerza para salir de la zona de confort. Falta de enfoque.

Era falta de acción.

Porque cuando te mueves, el camino aparece.
Cuando actúas, entiendes.

Pero eso exige dejar de distraerte. Exige disciplina y sacrificio.

Exige incomodarte.

Exige hacer lo que sabes que tienes que hacer, aunque no te apetezca.

Así que no, no estás perdido.

Estás evitando lo que ya sabes.

Y hasta que no dejes de hacerlo, nada va a cambiar.